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La culpa es una encerrona

«La culpa nos hace sentir buenas personas, pero nos amarga la vida.

Aparece la culpa cuando algo no sale como esperábamos y frustra o hace sufrir a alguien de nuestro entorno cercano, aunque no hayamos intervenido en los hechos. Cuando nos surge más de una vez y no la rechazamos, se instala en nuestros hábitos.

Y una vez instalada, la culpa, como todos los hábitos,  tiene una fuerza increíble, es  fuerza centrífuga que tiene la propiedad de engullirnos sin remedio.

Nuestros hábitos son programas informáticos que nos hemos creado y que tienen la misión de facilitarnos nuestros actos repetitivos de manera automática. Así liberamos a nuestro pensamiento de estar atentos a “lo de siempre”. Sin embargo, si nuestros actos repetitivos son negativos para nosotros, lo hace igual porque no discrimina.

«Una vez la culpa se ha instalado en nuestro cerebro hay que desprogramarla, porque no se trata de una emoción. Aunque puede generar emociones, sobre todo negativas, con las que convivimos de forma habitual.

Una vez instalada la culpa la vamos a aplicar a todo lo que no sale como esperábamos, sea propio o ajeno, aunque no hayamos intervenido en la situación. Se va apoderando de nuestra consciencia.

Ya sé que decimos que el antídoto a la culpa es la responsabilidad, y es cierto, sin embargo las personas que tienen el hábito de la culpa, a pesar de comprender y aceptar la responsabilidad, no consiguen liberarse de ella.

Para salir de la culpa, lo primero es necesario agradecerle todo el tiempo que nos hemos sentido inocentes y “buenos” gracias a ella, y después empezar a desprogramarla.

«La culpa no nos hace buenas personas, en cambio nos encierra en densidades emocionales y nos aparta del amor.

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